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jueves, agosto 12, 2004

Kamasutra

Marta Audera, como siempre, genial en este breve relato. Recomiendo leer el resto de sus relatos y pequeñas piezas teatrales en la sección Relato de www.revistaiguazu.com. En mi opinión ella es la mejor colaboradora de Iguazú (el resto también son buenos, pero Marta ha publicado en Iguazú desde el número 6, cuando conocí a su hermana Ruth en Inglaterra, y desde entonces tengo debilidad por sus textos).

Kamasutra

Pasé toda la tarde y toda la noche buscando a Andrea. Tenía que encontrarla pronto. Había comprado una caja enorme de chocolate y unos zapatos plateados del número treinta y ocho. Iba a pedirle que nos fuéramos a vivir muy lejos, juntos, solos, daba igual a dónde. Andrea, Andrea, Andrea.

Debían de ser ya las nueve cuando pasé por casa de su madre para que me ayudara a encontrarla. Llamé al telefonillo y bajó con zapatillas de osos y un chándal azul. Entró en el coche. No paró de hablar durante al menos veinte minutos, y no, no nos habíamos enfadado, aún no hemos colgado las cortinas de la sala y vamos a ir el domingo a comer, o a cenar. Dimos vueltas por toda la ciudad; fuimos a su trabajo, no había ido hoy: fuimos al parque, fuimos al bar donde nos vemos la noche de los viernes, fuimos a casa de su amiga Julia, tampoco la había visto y no, no nos habíamos enfadado, y sí, le rocé el culo y la llamaré un día cuando Andrea esté de guardia, creo que su madre se dio cuenta. Andrea, Andrea, Andrea. Tenía que encontrarla, se iba a derretir el chocolate, íbamos a perder el avión, ¿a dónde? No sé, a donde ella quiera. Donde tú quieras amor. Y su madre que no paraba de hablar. Pasamos por la calle de las putas, despacito, aquí no va a estar hijo, lo sé, lo sé, déjame. Me dolía la cabeza. Y sí, puede que nos hubiéramos enfadado un poco, ella demasiado.

Solté a la madre enfrente del portal y bajé para tomarme otro whisky. En el bar guardé los chocolates bajo el abrigo, balanceé los pies que me colgaban del taburete y regalé los zapatos plateados a la camarera Lucy. Le quedaban pequeños, tenía los pies grandes y muy suaves. Volví al coche, tenía que encontrarla.

Abrí el maletero y vi a Andrea, ¿nos vamos amor?, moví su cabeza, asintiendo. Le metí un chocolate en la boca. Nos fuimos esa misma noche, lejos.